En Valencia todavía se conservan hornos de tipo de moruno de los que se utilizaban para la elaboración del pan. Aunque muchos todavía siguen funcionando para lo que fueron construidos, otros sin embargo han terminado ejerciendo un papel muy distinto.
En la calle San Ramón, junto al Mercado de Mossén Sorell existía una antigua panadería que a principios de los 70 fue reconvertida en bar de copas. El local bautizado (por razones obvias) como “El Forn” fue uno de los pioneros de la noche valenciana al igual que Capsa, Barro o Christopher Lee.
Más de cuarenta años después, El Forn aún sigue sirviendo copas. Y todavía conserva en buen estado el horno moruno, cuyo interior fue habilitado como “reservado” del local. Piezas originales de la panadería como el molino de harina, la divisora de masa o las palas de pan se han convertido en elementos decorativos del bar.
En la parte central del complejo cultural “La Beneficencia” se encuentra uno de esos lugares de belleza deslumbrante pero a la vez poco conocidos de nuestra ciudad. Se trata de la capilla que fue de este gran edificio que en origen estuvo dedicado a labores de caridad.
La capilla fue diseñada por el arquitecto Belda en 1883 en estilo neobizantino, siguiendo la moda historicista de la época (al igual que el neogótico o el neomudejar) de imitar estilos arquitectónicos antiguos. Se trató de recrear el estilo bizantino que durante toda la Edad Media nos dejó joyas del patrimonio mundial como Santa Sofía en Estambul o la Catedral de San Marcos en Venecia. Y es fácil transportarnos a aquella época cuando entramos en su interior, gracias a la fastuosa decoración de tonos dorados, mosaicos, y pinturas de Antonio Cortina.
Actualmente el edificio se denomina “Sala Alfons el Magnànim” y se utiliza para conciertos de música y otros actos culturales.
La Fuente de las Cuatro Estaciones se encuentra situada al principio de la Alameda, frente a los Jardines de Real.
Su taza es de mármol y su cuerpo central de hierro fundido, aunque durante muchos años se creyó que también estaba construido en mármol, aunque en realidad estaba recubierto de esmalte blanco. La restauración de hace unos años sacó a la luz el acabado original.
Fue instalada en 1863 (con cierta polémica debido a los desnudos femeninos), habiendo sido encargada a una prestigiosa fundición francesa que por aquel entonces estaba realizando otras copias del mismo modelo para varias ciudades importantes de Europa y América.
Así que si un día viajamos por Lisboa, Paris, Lyon, Ginebra, Liverpool, Boston, Quebec o Buenos Aires es muy posible que nos encontremos con una fuente casi idéntica a la que tenemos nosotros en la Alameda.
Durante siglos la plaza del Mercat se utilizó, entre otros menesteres, para ajusticiar públicamente a los presos condenados a horca o garrote vil. Los cuerpos quedaban expuestos en la plaza durante días como escarnio y aviso a delincuentes. Por razones de salubridad, en el S. XIV se decidió trasladar los cadáveres de los ajusticiados a un lugar concurrido a las afueras de la ciudad, donde antes de ser enterrados eran colgados y exhibidos hasta consumirse.
Ese lugar, conocido como el Cementerio de los Ajusticiados, todavía existe. Se construyó en terrenos por aquel entonces de Valencia pero actualmente situados en el casco urbano de Tavernes Blanques. Se encuentra este pequeño recinto vallado al fondo del jardín que hay junto al Carraixet, saliendo de Tavernes en dirección a Almássera.
Aquí reposaron los restos de ajusticiados ilustres como el General Elío, el Héroe Romeu o Cayetano Ripoll, la última víctima de la Inquisición en España.
Seguramente habremos pasado más de una vez por debajo del arco de la Barchilla, en la calle del mismo nombre. Este arco renacentista es el que une la Catedral con el Palacio Arzobispal.
Si nos fijamos en el lateral derecho del arco según vamos en dirección a la plaza de L’Almoina, podremos encontrar una piedra de origen romano con una curiosa marca labrada en ella.
Dicha marca la utilizaban los carpinteros en la época medieval para verificar que las “barchillas” que construían se ajustaban a las medidas oficiales. De ahí el nombre del arco y de la calle.
La barchilla era una caja de madera que servía de unidad de medida para grano o áridos. La barchilla (al igual que otras unidades de medida de la época como el celemín, el cahiz o la arroba) fue cayendo en desuso tras instaurarse el sistema métrico decimal a finales del S. XIX.
La Casa Rusa es como popularmente se conoce al Edificio Cuadrado, situado en la esquina de Guillem de Castro con la calle Gandía.
El edificio fue construido en los años 30 por el arquitecto Rieta a petición de los hermanos Cuadrado para albergar los conocidos almacenes que llevaban su nombre, así como viviendas para sus empleados.
Su construcción marcó un hito en la arquitectura valenciana al seguir las pautas que imperaban entonces en lla construcción de viviendas sociales en la Unión Soviética. Algunas de sus innovaciones arquitectónicas se tradujeron en la creación de servicios comunes (lavandería, agua caliente) o en la sustitución de los patios de luces por pasillos a modo de balcones.
Es por ello que la gente empezó a denominar La Casa Rusa a este singular edificio, actualmente muy deteriorado como tantos otros en nuestra ciudad.
Varias son las historias que nos cuentan el origen del ‘rat penat’ (murciélago) que corona el escudo de la ciudad de Valencia, unas con base histórica y otras que forman parte del mundo de lo legendario. Una de las leyendas más conocidas sobre el tema (con diversos matices e interpretaciones) es la siguiente:
Cuentan que durante el asedio por parte de Jaime I para arrebatar la ciudad de Valencia a los musulmanes un murciélago anidó en el techo de la tienda del rey. Este ordenó que nadie dañase al animal.
Una noche, un ruido como de redoble alertó a las tropas cristianas. Gracias a ello, descubrieron a tiempo que estaban siendo rodeados por sorpresa por los musulmanes y pudieron contener el ataque.
Cuando el rey preguntó quien había dado la voz de alarma, resultó ser el murciélago batiendo sus alas sobre un tambor. Como gratitud, Jaime I incorporó la figura del ‘rat penat’ en el escudo de la ciudad cuando finalmente fue conquistada.
Decíamos en nuestro último post que cuando fue derruida la antigua Estación de Aragón se conservaron algunos elementos de la misma y citábamos las casetas de la Aduana como ejemplo más representativo.
Pero no fue lo único. Todavía permanecen en la misma ubicación original el edificio de viviendas para empleados de Renfe (en la esquina de Aragón con Alameda) y el depósito de agua para locomotoras situado al final de la calle Clariano.
Otros elementos de la estación fueron trasladados a otros lugares. Es el caso de la verja (actualmente en la parte de la Estación del Norte que recae sobre el túnel de la Gran Vía) y de la marquesina, que acabó formando parte de un almacén de la fábrica de chocolates Natra en Aldaia.
El espacio por el cual discurre la avenida de Aragón, en su día estuvo ocupado por la estación del mismo nombre. De aspecto monumental, fue inaugurada en 1902 como estación terminal de la línea Valencia-Calatayud (más conocida popularmente como la “Via Xurra”) y derribada en 1974. Sobre su solar se construyó la actual avenida.
Del derribo se salvaron varios elementos. Algunos fueron trasladados de lugar, pero otros permanecieron in situ. Es el caso de las casetas de la aduana de mercancías que fueron edificadas en 1930 y que estaban ubicadas frente a la fachada principal de la estación.
Todavía podemos contemplarlas en la rotonda de la plaza de Zaragoza, donde confluyen la avenida de Aragón, la del Puerto y la Alameda.
Durante siglos, el Miguelete marcó el techo de la ciudad al tratarse de la construcción más alta de Valencia. Pero su hegemonía acabó en 1931, cuando se terminó de construir el primer edificio que superaría en altura a nuestro emblemático campanario.
El edificio en cuestión, proyectado por el arquitecto Almenar, es el que cierra la plaza del Ayuntamiento haciendo chaflán con San Vicente y María Cristina. Como anécdota cabe reseñar que en su origen fue conocido popularmente como “la Casa del Porquer”, debido a que su promotor de se dedicaba profesionalmente a la cría de cerdos.
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